San
Antonio de los Cobres - SALTA
Carta
de Federico Norte,
guía, maestro y amigo mío, informando, a unos pasajeros suyos,
sus vivencias al entregar donaciones que ellos enviaron para ser
repartidas...
Llegué
a San Antonio a las 8 de la noche, y la temperatura que marcaba
el termómetro de
Gendarmería Nacional decía - 8º C. A la primer casa que
fui era la de una familia compuesta por la madre (del padre
nada se sabe...) y 7 hijos, la más grande tenía 17 años
y estaba embarazada... la más chica de 5 años. En ése momento
estaban todos en casa ayudando a la madre con los tejidos (guantes,
gorros y ponchos) que ellos le venden a los turistas en la estación
del Tren a las Nubes, en la puerta de la hostería, o en Santa
Rosa de Tastil -a 70 km- hasta donde van y vuelven a dedo. La
casa es un mono-ambiente de adobe, el baño afuera, con la puerta
de chapa de zinc.
Cuando
llegué me recibieron con gran alegría y sorpresa, sin saber
qué les llevaba. Les expliqué que les traía calzado, ropa y
algo de útiles escolares. Las sonrisas lograron estirar esa
piel curtida por el frío y el sol de la Puna, iluminándoles
las caras y humedeciéndoles los ojitos sin importarles ya la
temperatura ni el viento que corría ahí afuera de su casa en
medio de la noche. Pregunté por los números de calzados y a
repartir uno por uno. Entre la familia había un varón de unos
10 años a quién le pregunté si jugaba al fútbol. Cuando me dijo
que sí, tomé los botines, se los puse en el pecho, me dijo "gracias"
casi llorando, y se arrodilló en el suelo como si hubiese recibido
los botines de Maradona después del gol a los ingleses en el
‘86. Al momento de las cartucheras con lápices fue una estampida
así que se los dí a la madre para que ella los reparta... Una
vez terminada la repartija con esa familia, subí a tres chicos
en mi camioneta para que me lleven a la casa de las “mellizas”,
que casualmente eran primas de ellos... En el camino me preguntaron
si no le daría algo al Miguel y a Cucho, unos pibes que siempre
está con ellos y me acordé enseguida por que siempre me llaman
a los gritos cuando llego al pueblo y me persiguen en sus
bicicletas hasta que paro.
Imaginen
Uds. mi camioneta con los tres hermanos, parando en tres casas
más y bajando el vidrio gritaban los nombres con tanta emoción
y alegría que me es difícil describirles. Me pasé una hora mordiéndome
los labios, con un nudo en la garganta para no llorar. La escena
se repitió en cada casa, aprovechando en aquellas donde había
padres de entregar calzado y ropa para adultos. Los shorts y
las remeras los guardé para Humahuaca.
Me
regalaron tres llamitas de alambre y un gorro de lana en agradecimiento
a lo que estaba haciendo... pero, en realidad, sentí que me
estaban regalando algo mucho más grande: me estaban regalando
un abrazo de sus almitas que, les juro, me hizo olvidar -por
completo- del frío.
Finalmente
llegué la casa de las “mellizas”: las caritas tiesas de frío,
pero con la sonrisa con la que Uds. las conocieron. Les hice
recordar del día en que les entregamos, en la puerta de la hostería,
los sandwich de milanesa... y creo que en ése momento comprendieron
que era yo un rey mago fuera de temporada...
Les
di a cada una las mejores zapatillas y corrieron adentro de
sus casas a dársela a los padres seguramente. En ése lugar me
vieron los chicos que estaban esperando que algún turista perdido
en la Puna llegue a la hostería de San Antonio fuera de hora
y se vinieron como abejas. Estaba parado bajo uno de los pocos
alumbrados públicos así que, repitiendo el proceso de cantar
números de calzado y verificar postores, terminé con la caja
chica y luego seguí con la caja grande ofreciendo ropa. Habiéndose
declarada desierta la licitación de las remeras, shorts y ropa
de adultos, procedí a cerrar la caja, me despedí de todos y
desaparecí en la noche de la Puna salteña rumbo a mi casa llorando
como un estúpido.
Déjense
de joder y la próxima vez vengan Uds. a entregar lo que mandan
porque la emoción es muy grande para una sola persona. Les dejé
su dirección a tres familias y un peso para que despachen las
cartas: no sé si lo harán... porque seguramente usarán ese peso
para comer y no para despachar esa carta, pero lo que sí les
puedo jurar es que Uds. han hecho felices a unas 30 personas
que jamás pensaron recibir lo que recibieron y sin pedirle nada
a cambio: por ejemplo, que los padres, voten por algún Fulano
cada 4 años.
En
hombre de todos ellos , simplemente GRACIAS y que DIOS los bendiga.
Y en nombre mío GRACIAS por haberme elegido a mí para llevar
tanta felicidad y alegría a gente que no ven ni futuro ni esperanza:
esta vez vieron brillar la estrella de Belén en Salta.